Por culpa de mi debilidad, por dejarme arrastrar a veces por lo que aborrezco, por lo que me parece despreciable, por la cobardía, por ese afán de buscar situaciones riesgosas, por sumergirme en ese mundo de oscuros sentimientos, de siniestros objetivos, hoy estoy en ese punto en el que nunca quise estar.
Bajo la mirada de reproche de los demás, de los que ahora se creen mejores que yo, de los que no se venden, de los que poco me interesan y de los que me interesan un poco más, pero sobretodo y para peor (o para mejor?) es que estoy bajo la mirada de mis propios ojos, que observan decepcionados el espectáculo.
Así una vez más todo desaparece, sólo quedamos la culpa y yo. Esa culpa que no me abandona, que ha decidido quedarse en lo más profundo, clavada en mi pecho. Y trato, intento una y otra vez expulsarla respirando profundo, pero nunca será suficiente para que me deje.
La confusión me golpea, me angustia, me ahoga
qué es lo mejor?
qué es lo peor?
piensa, piensa, pienso...
proceso, pregunto, respondo, olvido
vuelvo al mismo punto, a la nada.
Desaparezco,
aunque me puedas ver, (¿puedes verme?)
acurrucada sobre un sillón amarillo,
frente a un espejo que me muestra lo que no quiero ver,
como si el sillón amarillo fuera un muro donde no me alcanza la música,
no me alcanzan tus reproches ni los de los demás,
sólo me alcanza mi culpa que está acurrucada junto a mí, sobre mí, dentro de mí, mis propios reproches y el humo de los cigarros que voy consumiendo, que me envuelven en su humo fétido, asfixiante y denso que representa tan bien lo que siento.
Desaparezco, aunque puedas ver esa imagen.
Desaparezco entre silencios, entre luces ténues, entre poémas de Pizarnik,
entre cigarros y pastillas que pareciera que no hacen efecto, o quizás si.
Desaparezco.