
Miro tus ojos oscuros, profundos.
Hace tiempo que no los admiraba.
No me atrevía a sumergirme en ellos por miedo a encontrar despojos de lo que alguna vez sentiste por mi, escombros de una pasión.
Miraste mis ojos claros, intensos.
Hace tiempo que no te los apoderabas.
No te atrevías a ahondar en ellos por temor a descubrir cenizas que quisieran jugar con fuego.
Y ahí estabamos.
Frente a frente. Solos. En silencio.
El alcohol, los cigarros, la noche, las palabras nos habían vuelto indefensos, vulnerables, pusilánimes a las miradas del otro.
Y ahí estabamos.
Desarmados ante esa vehemencia que afloraba de cada mirada, confundidos entre las advertencias y reproche de nuestras conciencias y la avidez, el ímpetu, el deseo y la pasión de nuestros cuerpos.
Jugaste primero.
Avanzaste.
Mi turno.
Persistí esperando tu próxima jugada.
Te toca.
Avanzaste otra vez.
Ataco.
Das un paso atrás. Me arremetes.
Juego, te embisto.
Reimos.
Silencio.
Miradas buscando la aprobación del otro.
Está decidido.
Das un paso hacia delante mirándome con seguridad.
Avanzo con certeza.
Caemos en el abismo.